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Relación entre el médico y la industria farmacéutica. ¿Cómo debe ser?

Relationship between healthcare professionals and pharmaceutical industry. How it should be?

José F Zamarriego Izquierdo a

a Unidad de Supervisión Deontológica. Farmaindustria. Madrid. España.

Article



A partir del siglo xix, con el nacimiento de la medicina moderna, comenzó a su vez a desarrollarse lo que en los albores del siglo xx se vino a llamar la industria farmacéutica, cuando se abandonó el trabajo artesano de herboristas y especieros en favor de la actividad empresarial y sistemática de farmacéuticos y químicos. Esta evolución en el tiempo de la industria farmacéutica y de la medicina moderna giró desde entonces en torno a 2 principios básicos: la seguridad del medicamento y su eficacia1.

El punto de inflexión histórico en la relación científica entre ambas disciplinas se produce en el siglo pasado, a partir de la catástrofe de la talidomida, que tuvo lugar en los años 1950. Hasta ese momento, tanto la industria farmacéutica como la medicina regían su relación en torno al principio de la inocuidad del medicamento, sin que los poderes públicos reclamaran una demostración concluyente de su eficacia. A partir de los años 1960, se puede hablar de un nuevo planteamiento en la relación entre la medicina y la farmacología, basado en la exigencia de seguridad y eficacia demostrada del medicamento a través de ensayos clínicos controlados. Prueba de ello es que en 1962, EE.UU., sólo precedido en este campo por Japón, aprueba las enmiendas a la Food, Drugs and Cosmetics Act, que introducen los primeros controles clínicos en los ensayos que la industria farmacéutica lleva a cabo. En 1964, Noruega y Suecia también modifican su legislación. El Reino Unido aprueba su ley en 1968, Alemania, en 1976, y en 1983 lo hacen Austria, Bélgica y Grecia.

Ahora, en los albores del siglo xxi, al principio de seguridad y eficacia demostrada del medicamento se ha sumado la preocupación por las condiciones de uso racional de éste. La Organización Mundial de la Salud consagró este concepto de «uso racional de los medicamentos», que engloba las actividades dirigidas, no sólo a un adecuado uso por el paciente, sino también, y sobre todo, a la adopción de medidas de formación e información y de criterios de dispensación al público del medicamento por parte del profesional sanitario. Es en este terreno en el que florece la necesidad de reglamentar la relación entre la profesión médica y la industria farmacéutica.

Esta relación, que entre los profesionales de cada área se ha percibido siempre como transparente e innegablemente productiva desde el punto de vista científico, en ocasiones se ha visto con suspicacia y falta de confianza por parte de la opinión pública no científica, quizá porque la tarea empresarial de relacionar a médicos e industria farmacéutica se desarrollaba más a partir de la promoción que de la información técnica sobre el medicamento, destinada al profesional de la salud, especialmente a médicos.

Sin embargo, hoy nadie pone en duda que la interrelación entre el profesional de la salud y la industria farmacéutica resulta imprescindible e insoslayable para el avance científico, pues está basada en la transmisión recíproca de los conocimientos técnicos, adecuados, precisos y responsables para valorar la utilidad terapéutica del medicamento2.

La relación entre la industria farmacéutica y el médico se debe basar en 2 objetivos básicos: credibilidad y transparencia3. Alcanzarlos y que todos los grupos de interés, en particular, y la sociedad, en general, puedan visualizarlos es un compromiso constante que debe vencer inercias y dificultades por la propia naturaleza de la relación entre el médico y la industria farmacéutica. Entre otras iniciativas, una muy relevante, por su grado de compromiso dentro de la industria farmacéutica para la consecución de estos objetivos, es el Código Español de Buenas Prácticas para la Promoción de los Medicamentos, aprobado por Farmaindustria, que recoge las normas deontológicas por las que, a partir de su potestad de autorregulación, la industria farmacéutica garantiza que la promoción de medicamentos se lleva a cabo respetando los principios éticos de profesionalidad y de responsabilidad más estrictos4,5.

Para ello, el Código recoge una serie de recomendaciones expresas que aseguran pautas de actuación profesionalizadas, basadas en la confianza recíproca que otorga la adecuada capacitación y formación de los profesionales de ambas áreas. Entre otras materias, el Código aborda la periodicidad, la oportunidad, la duración y el esquema de las visitas que la industria farmacéutica realiza al profesional médico a través de la figura del visitador médico, de manera que no entorpezcan su labor y permitan transmitir información desde este profesional al propio servicio científico del laboratorio farmacéutico.

Pero no debemos engañarnos, estas recomendaciones del Código se han convertido en necesarias, ya que los profesionales que intervienen en el binomio medicina-industria farmacéutica no han sabido transmitir credibilidad suficiente a su función social, al margen de su solvencia técnica. Y es que la función social de estos especialistas no termina en la búsqueda de la excelencia técnico-científica, sino que además, como en toda profesión, deben preocuparse por alcanzar un grado de credibilidad social que les permita la valoración y la confianza públicas que les impone su vocación.

En definitiva, desde que la ciencia médica occidental reconoció las primeras aplicaciones terapéuticas basadas en remedios vegetales ­que más adelante dieron lugar a la necesidad de contar con un sector de actividad científico y, al tiempo, empresarial, que respondiera a la demanda de sustancias activas con propiedades terapéuticas, como son los medicamentos­, ambas actividades, médica y farmacéutica, no han dejado de estar vinculadas e interrelacionarse en beneficio de la salud. Y ello, no sólo en términos de vidas salvadas y sufrimientos evitados, sino también al reducir el tiempo de la enfermedad y de la hospitalización, lo cual hace realidad el principio que consagró el hipocratismo basado en que el médico debe, ante todo, no dañar al paciente6,7, lo cual es actualmente compatible con prescribir el tratamiento farmacológico más seguro, eficaz y racional que el avance técnico y científico es capaz de proporcionar.

Bibliography

1.Velasco Gutiérrez J. Las relaciones de las Sociedades Científicas con la industria farmacéutica. En: Blanco Tarrío E, coordinador. Madrid: International Marketing & Communication SA; 2005.
2.De los Reyes López M, Martín Luengo C, Brugada Terradellas J, Sanz Romero G, Lidón Corbí RM, Burrieza F. Marco ético de la Sociedad Española de Cardiología. Rev Esp Cardiol. 2006;59:1314-27.
Medline
3.Guzmán López J. Ética en la industria farmacéutica: entre la economía y la salud. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra SA; 2005.
4.De Mulder Duclós E, Ortiz Ibarz JM. Ética para seguir creciendo. Cuando la globalización se ha instalado en la empresa. Madrid: Prentice Hall; 2001.
5.Ortiz Ibarz JM. La hora de la ética empresarial. Madrid: Mc Graw Hill-Interamericana de España; 1995.
6.Altisent R. Ética en la práctica clínica. Gracia D, Júdez J, editores. Madrid: Editorial Triacastela; 2004.
7.De los Reyes López M. Ética de las organizaciones sanitarias. Nuevos modelos de calidad. Simón P, editor. Madrid: Editorial Triacastela; 2005.