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Tengo desde hace años la sana costumbre de reunirme de vez en cuando con amigos que además son compañeros de profesión y ejercen todos como farmacéuticos de oficina de farmacia desde hace más de un cuarto de siglo. Digo la sana costumbre porque hacemos lo que en términos empresariales se conoce como brain storming respecto a nuestra profesión.

Evidentemente, la primera parte del encuentro la dedicamos a comentar cómo nos va en nuestra vida privada con los hijos, los amigos comunes, conocidos y, en general, cualquier tema relacionado con lo emocional. Agotado este tema y como si atendiéramos a un invisible orden del día, seguimos con lo más prosaico: el creciente coste de la vida, la economía de la farmacia, las vicisitudes con el personal, las compras, los descuentos, etc. Se trata de una mezcla de temas de los que hablamos sin recelos: a quién compramos y por qué; quiénes nos hacen más descuentos y por qué. Es un ejercicio mental que a todos nos va muy bien porque hablamos con sinceridad, reconocemos los errores, las pifias y también, por supuesto, los aciertos. Compartimos consejos y a veces damos reprimendas (con cariño, eso sí).

Finalmente, y ahí es donde quería profundizar, llegamos a la parte de la profesión como tal. Hay temas en los que coincidimos al cien por cien, como en el caso de la formación permanente propia y del personal, el nivel de servicio que hemos de ofrecer, el control de calidad de ese servicio, etc. Inevitablemente, las cuestiones pecuniarias se entremezclan con las estrictamente profesionales, porque en buena medida son indisociables.

Uno de los temas que siempre figuran en ese hipotético orden del día de nuestras reuniones y sobre el que más nos cuesta hallar consenso es la Atención Farmacéutica (AF). Todos coincidimos en que uno de los pilares del futuro de la profesión es el seguimiento farmacoterapéutico (léase una parte de la AF) y donde discrepamos es en la vía para financiarlo. Hay quien opina que no debería hacerse si desde las instituciones no se apoya abiertamente por medio de fuertes incentivos (entiéndase lo equivalente a un salario para pagar a un farmacéutico dedicado exclusivamente a este servicio, a través de exenciones fiscales, etc.). Otros consideran que la AF debe formar parte de la propia cartera de servicios que oferte cada farmacia según sus posibilidades. Que quien pueda lo haga y quien no, no lo haga.

Llegados a este punto, dejamos el tema porque entramos en el debate en el que nunca nos ponemos de acuerdo: las «farmacias de primera y de segunda». Pero el tema tiene enjundia y realmente debemos tomar decisiones al respecto más pronto que tarde.