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Gota, colquicina y un par de cervezas

Gout, colchicine and a couple of beers

Juan C Duró a

a Unidad de Reumatología. Clínica Tres Torres. Barcelona. España.

Artículo

Sr. Editor: Tras atenta lectura del artículo de López y García, publicado recientemente en su Revista1, quisiera realizar algunos comentarios. No es cierto, como afirman los autores, que la colquicina se utilice poco debido a su toxicidad. Los médicos de familia y los internistas generales suelen utilizar el llamado por los reumatólogos método rápido, que indefectiblemente produce intolerancia digestiva. Los reumatólogos clínicos usamos habitualmente la pauta lenta: 1 mg de colquicina cada 6 h el primer día de la crisis, 1 mg cada 8 h el segundo día, 1 mg cada 12 h el tercer día y 1 mg cada 24 h el cuarto día, y así durante 6 meses, como mínimo. De este modo la intolerancia digestiva es mínima. El tratamiento con colquicina es tanto más eficaz cuanto más tempranamente se inicia, hecho que conocen muy bien los gotosos inveterados.

En los casos en que por problemas de ingesta o intervención quirúrgica no pueda utilizarse la vía oral, la colquicina intravenosa (un inyectable de 3 mg), no comercializada en nuestro país, suele tener una acción espectacular sin producir alteraciones intestinales. Su único inconveniente es la tromboflebitis local, que es muy dolorosa, por lo que debe administrarse siempre diluida en 10 ml de suero glucosado y de forma muy lenta, administrada durante un mínimo de 15 min. Es el tratamiento de elección de la gota postoperatoria. Sus efectos secundarios se limitan a una ligera cefalea pasajera, presente en un 1% de los casos, y a una leucopenia transitoria. Antes y después del tratamiento es imperativo realizar un recuento leucocitario. La he utilizado en 2 pacientes afectados de poliartritis gotosas febriles. En ambos casos la mejoría fue espectacular.

La eficacia de los glucocorticoides en el ataque agudo de gota es indiscutible, aunque parece ser inferior a la de la colquicina. A menudo su acción es incompleta mejorando la fluxión gotosa, pero sin remitir totalmente, lo que obliga a prolongar el tratamiento, con los problemas añadidos que ello comporta al coexistir no rara vez, en los pacientes con gota, la hipertensión arterial y la diabetes mellitus.

En mi experiencia he observado a numerosos pacientes con gota que recibían tratamiento con glucocorticoides y en los cuales, a pesar de la mejoría inicial producida, se apreciaba una notable tendencia de la gota a hacerse subintrante, por lo que necesitaban tomar el glucocorticoide de forma continuada, sin que por otra parte se suprimieran totalmente los síntomas.

En todo caso, es necesario retener que los glucocorticoides sistémicos no son un tratamiento válido para la gota úrica.

Podría objetivar a lo dicho que esta opinión pesimista sobre los glucocorticoides en la gota se basa en los tratamientos prolongados. En efecto, si el tratamiento dura pocos días, el ataque de gota puede desaparecer sin consecuencias para el paciente, pero en estos casos se puede afirmar sin temor a error que lo mismo hubiera ocurrido con la colquicina o sin tratamiento alguno. En cambio, es muy frecuente que la remisión incompleta del ataque con glucocorticoides lleve al tratamiento prolongado y al cuadro de gota «cortisoneada». La gota úrica, no lo olvidemos, es el prototipo de artritis episódica. Un ataque de gota suele durar entre 7 y 10 días como máximo. Una duración superior obliga al reumatólogo clínico a sospechar otros diagnósticos, a no ser que la gota haya sido «cortisoneada».

En cambio, los glucocorticoides intraarticulares tras artrocentesis evacuadora, previa tinción de Gram del líquido sinovial, son muy útiles y una opción segura, especialmente en la artritis de rodilla.

Coincido con los autores en que los hipouricemiantes deben evitarse hasta que se haya resuelto la artritis aguda. Es un error pautar alopurinol en una crisis aguda.

Respecto a la dieta, cabe recordar que los gotosos son en su mayoría grandes bebedores de cerveza. La cerveza es muy rica en guanosina, un aminoácido que induce la síntesis de purinas. A los gotosos excelentes gourmets y bon vivants no les condenamos a dietas espartanas, no les privamos de un par de cervecitas sin alcohol a la semana, y aconsejamos la restricción de vísceras y de alcohol de alta graduación.

La insulina es al diabético lo que el alopurinol al gotoso. En mi opinión, el alopurinol debe pautarse de por vida a los gotosos con el fin de mantener uricemias por debajo de 5 mg/dl. Ello garantiza la ausencia de nuevos ataques. A veces son suficientes 100 o 200 mg semanales.

Como muy bien afirman los autores, hay muy pocos ensayos clínicos controlados sobre el tratamiento de la gota. El tratamiento es, ciertamente, uno de los más efectivos, pero a su vez de los más complejos utilizados en reumatología

Bibliografía

1.López M, García J. Gota úrica. Med Clin (Barc) 2004;123:138-42.