x

¿Aún no esta registrado?

Crea tu cuenta. Registrate en Elsevier y obtendrás:

Registrarme ahora
España | Cambiar
Ayuda - - Regístrese - Teléfono 902 888 740
Buscar en

Factor de Impacto:
2012

1,399
© Thomson Reuters, Journal Citation Reports, 2012

Indexada en:

Current Contents/Clinical Medicine, Journal Citation Reports, SCI-Expanded, Index Medicus/Medline, Excerpta Medica/EMBASE, IBECS, IME, MEDES, PASCAL, SCOPUS, SciVerse ScienceDirect

Índice SCImago

SCImago Journal & Country Rank

Urgencias médicas: algo más que una serie televisiva

Medical emergencies: not only TV series

José Millá Santos a

a Director Clínico. Servicio de Urgencias. Hospital Clínic. Barcelona.

Artículo

Visto desde fuera, para el profano, el mundo de las urgencias médicas ofrece, sin duda, un cierto atractivo, porque se supone que en los servicios de urgencias hospitalarios se han de vivir situaciones de fuerte contenido sanitario y emocional.

Muchas veces se dice: «doctor, lo que usted no haya visto en urgencias...». Seguramente a esta idea han contribuido las numerosas incursiones que el cine y la televisión han realizado en el mundo de las urgencias sanitarias.

Pero, ¿es esto cierto?, ¿se parecen nuestras urgencias, nuestros pacientes, nuestros médicos, nuestras enfermeras, nuestras estructuras, nuestros recursos a lo que se ve en alguna película o serie de televisión?

Estoy tentado de decir «cualquier parecido con la realidad...», pero tampoco esto es rigurosamente exacto. Quienes llevamos muchos años en este ámbito hemos vivido, qué duda cabe, situaciones y momentos cinematográficos y televisivos.

Pero éstos son incidentes puntuales. El día a día es bien distinto y, seguramente, conviene discurrir, aunque sea someramente, por una serie de problemas que aquejan las urgencias de nuestro país y que hacen referencia a diversos aspectos.

El primero de ellos se refiere a la demanda1-5. Es bien sabido que los servicios de urgencias hospitalarios y dispositivos asistenciales extrahospitalarios están sometidos a una fuerte y progresiva demanda. Después de la gran eclosión de los años ochenta, con incrementos superiores al 10% anual, hemos entrado en esta última década en un crecimiento vegetativo de entre el 4 y el 5% cada 12 meses. Es éste un tema que repetidamente ha constituido objeto de análisis, sin que hasta hoy día hayamos sido capaces de encontrar una explicación (y, por tanto, remedio) convincente. No cabe duda de que modificaciones profundas en los comportamientos sociales y, según mi opinión, inadecuaciones en diversos otros dispositivos asistenciales de la red sanitaria pública, han de soportar un gran porcentaje de la responsabilidad «etiológica» de esta situación. Y no me refiero aquí a las 4 o 6 semanas de la temporada de invierno, en que las epidemias (gripe y similares) causan estragos en la población y en los ya previamente saturados (durante las restantes 50 semanas del año) servicios de urgencias y todo el personal sanitario que en ellos trabaja.

Lo cierto es que se ha calculado que en el pasado año, 30 millones de ciudadanos solicitaron asistencia urgente en los hospitales y dispositivos extrahospitalarios. En este sentido, creo conveniente hacer una breve disección de esta demanda: sólo entre el 1 y el 2% son pacientes con procesos realmente críticos, «urgencia vital», en que está seriamente comprometida la vida. Politraumatizados, infarto agudo de miocardio complicado, ciertas intoxicaciones, entre otros, son buenos ejemplos de este pequeño grupo6.

Entre el 25 y el 30% son pacientes con procesos graves que, si bien no plantean un riesgo vital inminente, sí precisan asistencia (fracturas, apendicitis aguda, neumonía, meningitis y un largo etcétera). El resto (60-70%) son pacientes con procesos leves, que bien podrían ser resueltos en otras instancias sanitarias. Más aún, dentro de este grupo existe un número importante de pacientes, en general personas de edad avanzada portadoras de determinadas enfermedades crónicas, que sobre todo plantean un problema social, por carencia de recursos económicos o familiares. Son, pues, ciudadanos con problemas más sociales que propiamente sanitarios, para cuya resolución habría que disponer de recursos que no son precisamente los hospitales de segundo y tercer nivel (instituciones sociosanitarias, residencias asistidas, hospitalización domiciliaria, entre otros).

Una segunda cuestión hace referencia a aspectos relacionados con la estructura y recursos humanos y materiales7 de estos servicios. Si bien es cierto que en los últimos años se han ido produciendo mejoras en su dimensionamiento y diseño, todavía podemos ver demasiados hospitales con estructuras obsoletas y espacios absolutamente insuficientes para el progresivo incremento de la demanda que han de soportar. Y lo mismo cabe decir respecto al utillaje y disponibilidad de nuevas técnicas, así como la dotación de un personal adecuadamente capacitado para lo que las nuevas condiciones demandan.

A lo dicho hasta ahora se unen problemas derivados, de una parte, de la gran heterogeneidad en cuanto a su organización7. Me atrevería a decir que prácticamente cada hospital ha desarrollado un modelo distinto, peculiar, que en gran medida constituye el resultado de la historia del centro y del propio servicio. Por otra parte, existen problemas relativos a la coordinación7,8, del propio servicio en sí mismo, en ocasiones, pero sobre todo del servicio con el resto del hospital y con los dispositivos asistenciales extrahospitalarios. Mencionaré, en particular, las frecuentes colisiones que se producen entre el ingreso de pacientes procedentes de urgencias y los derivados de la actividad «normal» (consulta externa o lista de espera); éstas se hacen especialmente frecuentes en las épocas de fuerte demanda (epidemias gripales) determinados días de la semana (lunes) y que complican la dinámica hospitalaria pero también la dinámica propia del servicio de urgencias, donde quedan «aparcados» pacientes con criterios de ingreso que no pueden ser transferidos a las unidades de hospitalización.

Por último, me referiré a un tema que considero crucial y, posiblemente, responsable en buena medida de los males que aquejan a la urgencia y la emergencia. Se trata de la falta de un sistema de formación2,3,9,10 en el ámbito MIR.

España es uno de los países de la Unión Europea con mayor número de especialidades médicas, exactamente 49, alguna de ellas calificables como mínimo de exóticas, como es el caso de la medicina aeronáutica y espacial, y alguna otra. Sin embargo, la medicina de urgencias y emergencias, en cuyo ámbito, recordémoslo, fueron asistidos 30 millones de conciudadanos el pasado año, no ha conseguido aún dicho reconocimiento, a pesar de reunir las condiciones que se consideran necesarias para que esto sea así, a saber: demanda social, cuerpo doctrinal y profesionales dedicados específicamente a esta actividad. Por lo que se refiere a la demanda, creo que no es necesario insistir. Respecto al segundo requisito, cuerpo doctrinal, existe efectivamente un conglomerado de materias que lo constituyen, compuesto de determinados capítulos de todas y cada una de las especialidades médicas y quirúrgicas. En efecto, la medicina de urgencias y emergencias es una especialidad horizontal, pluridisciplinaria, en extensión; en contraposición con las especialidades clásicas, verticales, en profundidad, monodisciplinarias. Pero hay más, el ritmo de los tiempos ha determinado progresivamente que la urgencia salga del hospital, de forma que en multitud de ocasiones (accidentes de tráfico, intoxicaciones, infarto de miocardio y un largo etcétera) la asistencia se inicia in situ y se continúa en el hospital después de haber transportado al paciente en condiciones idóneas. Ello implica el conocimiento de determinados procedimientos muy específicos de estas situaciones y la adquisición de ciertas habilidades para poder atender de forma adecuada a estos pacientes. Por último, en el apartado de los profesionales dedicados, se calcula su número en unos 10.000, la mayoría de ellos médicos generalistas y una reducida proporción de internistas y médicos de familia y, esporádicamente, intensivistas y anestesistas.

A este respecto, cabe comentar que en estos últimos meses y en el marco del desarrollo de las Áreas de Capacitación Específica (ACE) que promueve el Consejo Nacional de Especialidades, se ha producido un amplio debate con relación a un ACE de urgencias y emergencias. Entiendo que un ACE es un ámbito, una rama de un tronco; por ejemplo, psiquiatría infantil (rama) de un tronco (psiquiatría). Por eso, dado el carácter multidisciplinario de la medicina de urgencias y emergencias, me cuesta encontrar un tronco común. Si analizamos a 100 pacientes que acuden a un servicio de urgencias, una tercera parte presenta procesos referentes a especialidades médicas (cardiología, neumología, neurología, gastroenterología, y otras); otra tercera parte presenta procesos del ámbito quirúrgico, básicamente traumatismos; el tercio restante está constituido por una miscelánea de procesos relativos a oftalmología, otorrinolaringología, ginecología, psiquiatría, entre otras. Es por ello que insisto en mi incapacidad para encontrar un tronco común y considero que la medicina de urgencias y emergencias debería ser considerada como una especialidad4.

Demanda excesiva, heterogeneidad arquitectónica, organizativa y funcional, escasez de recursos humanos y materiales, indefinición respecto al contenido doctrinal y profesional de los facultativos dedicados a esta actividad. Es éste el escenario en que, por desgracia, tiene lugar todavía la asistencia a nuestros conciudadanos y que, salvo excepciones en el tiempo y el espacio, no calificaría precisamente de cinematográfico o televisivo.

Bibliografía

1.Bagust A, Place M, Posnett JW. Dynamic of bed use in accommodating emergency admisions: stochastic simulation model. Br Med J 1999; 319: 155-158.
2.Comisión de Análisis y Evaluación del Sistema Sanitario Público. Informe de la Subcomisión de Urgencias. Madrid, 1991.
3.Gil Robles A, Gil Delgado A. Informe sobre Servicios de Urgencia del Sistema Sanitario Público. Madrid: Oficina del Defensor del Pueblo. 1988.
4.Miró O, Sánchez M, Borrás A, Millá J. Futbol, televisión y servicios de urgencias. Med Clin (Barc) 2000; 144: 538-540.
5.Ortega M, Esteban MI, Miró O, Sánchez M, Millá J. Estudio propectivo de los enfermos que abandonan un servicio de urgencias antes de ser atendidos por el médico. Med Clin (Barc) 2000; 115: 15-21.
6.Miró O, Sánchez M, Millá J. Hospital mortality and stadd workload. Lancet 2000; 356: 1356-1357.
Medline
7.Millá J. Servicios de Urgencias. En: Asenjo MA, editor. Gestión diaria del hospital. Barcelona: Ed. Masson, 1998; 14: 215-239.
8.Miró O, Sánchez M, Coll-Vinent B, Millá J. Estimación del efecto relativo que ejercen los determinantes externos e internos sobre la eficacia de un servicio de urgencias de medicina. Med Clin (Barc) 2000; 115: 294-296.
9.Millá J. Medicina de urgencia: un tema de debate. Rev Clin Esp 1987; 181: 166-167.
Medline
10.Miró O, Sánchez M, Coll-Vincent B, Millá J. Indicadores de calidad en urgencias: comportamiento en relación con la presión asistencial. Med Clin (Barc) 2000; 11 (92-97).