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doi: 10.1016/j.rx.2010.02.019

Caridad (4 de febrero de 2010)

P. Borrego Ruiz a,

a SERAM 1998–2002

Artículo

.

Tengo la foto en mi despacho, se tomó durante la cena de homenaje, cuando Caridad se jubiló de la SERAM, hace ya 8 años. Hoy, Caridad se nos ha jubilado de la vida. Se ha ido de puntillas, con discreción, como siempre vivió, pocos días después de una fatídica fractura de cadera.

Caridad protagonizó una larga etapa de nuestra Sociedad, que hoy me parece extrañamente lejana. Era una SERAM muy distinta: para empezar ni siquiera se llamaba así. Eran tiempos del «Quijote», y en el vetusto piso de Goya 38, antes de las reformas, Caridad, Arturo y Amando llevaban los asuntos de la sociedad, guiando los pasos de despistados miembros de sucesivas juntas directivas que se renovaban cada 4 años. Ellos tres seguían allí, ofreciendo lo mejor de sí mismos, cada uno en su parcela: Amando con las fotocopias, Arturo con los números y Caridad con todo lo demás. Tuve el honor de formar parte de la Junta que vivió el cambio de milenio, pero que también asumió la renovación del personal administrativo de la casa que preludiaba un cambio más profundo en nuestra Sociedad. Sin que suene a tópico, con su muerte se cierra definitivamente una época de la SERAM.

Los conocí cuando, de residente, me acercaba a buscar artículos en la biblioteca: pronto se convirtieron en entrañables. Con el paso de los años, tuve el honor de tenerla a mi lado en sus últimos años al frente de la SERAM. Me emocionaron su prodigiosa memoria (sin necesidad de ordenadores —«yo tenía que haber nacido en otra época», decía a menudo— retenía sin problemas direcciones, números de socios y apellidos con una seguridad pasmosa) y su indudable eficacia profesional, pero sobre todo su trato amable, su porte de Señora con mayúsculas y su encantadora sonrisa. Esa sonrisa, que por caprichos de la cámara no aparece en la foto: en la original, sin recortar, Caridad mira seria al objetivo, rodeada por una entrañable amiga, la Dra. Pilar Gallar, y otros pretéritos y sonrientes secretarios de la Sociedad, quizás porque ese día acababa una etapa importante de su vida, quién sabe. Pero esta Caridad pensativa no es la que tengo en mi corazón, la recuerdo siempre con su impecable traje sastre, pitillo en mano y sonriendo, siempre sonriendo.

En la cena compartí la mesa con sus hermanas, María y Consuelo, hoy las he abrazado en el tanatorio. Caridad fue una madre para ellas y su muerte las ha pillado de sorpresa, como a nosotros. Deja un gran hueco en su corazón y en el de todos nosotros. Hasta siempre, Caridad: descansa en paz.